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martes, 22 de julio de 2014

Infierno

Nada auguraba, aquella calurosa tarde de verano en el mercadillo, la experiencia terrorífica y al mismo tiempo tan enrevesadamente reveladora, que iba a vivir en primera persona. Hace tiempo que me preguntaba por el origen del mal, el mecanismo secreto por el que una persona naturalmente tendente a la bondad inclina el lado de la balanza, con su propio peso y decisión, hacia un lugar que nunca debió haber pisado, uno que en muchos casos, dependiendo de la distancia de la línea que se cruce, no tiene vuelta atrás.

Esa tarde, en el mercadillo, alguien me condujo frente a dos hombres; alguien que no recuerdo haber visto y si lo hice, he olvidado. Decían que tenían que ser dos para que el propio Satanás hablase por boca de alguno de ellos, no importaba cual. Debíamos estar en contacto físico, así que nos agarramos los brazos; un trío de hombres mirándose cara a cara, dos sabiendo lo que hacían, el tercero, yo, aterrorizado. El primero de ellos, el que estaba a mi izquierda, me quemó con un cigarrillo encendido y retrocedí por el dolor y la sorpresa. 

—Satanás siempre hace daño— dijo—. Está en su naturaleza. 

Miré entonces al segundo hombre y éste me quemó de la misma forma. En esta ocasión soporté la herida; era el precio que había que pagar. Satanás no tardó en manifestarse a través de sus ojos, su expresión y su voz. Me condujo a uno de los puestos cercanos y su dueña, una mujer de edad mediana y aspecto en absoluto siniestro me explicó, con la mayor naturalidad del mundo, lo que hacían para conseguir las almas.

—Separar el alma del cuerpo es fácil—me explicó, como si hablar de una muerte provocada careciera de la más mínima importancia—. Eso podemos hacerlo en cualquier momento. Lo difícil es que el alma consienta unirse a nosotros. Podemos guardarla, claro—me mostró una mariposa en una burbuja blanca, transparente como el agua más pura, y la metió en un espejo—. El alma puede hibernar así eternamente pero, ¿cuán más útil no será si se une a los nuestros? Así que la convencemos.

La bruja, pues no podía ser otra cosa, me mostró el proceso con el que solían "convencer" al alma: la tortura más cruel que imaginarse pueda. Vi al alma que antes era mariposa transformarse en mujer y sangrar, hacerse pedazos, recomponerse y volver a triturarse entre los instrumentos más espeluznantes que la imaginación humana aventurar pueda, de forma ininterrumpida. Era este aspecto, la continuidad del tormento, el que más horror causaba a la mirada, y bastaba un mero murmullo ininteligible de la boca destrozada, agotada por el dolor del alma, un mínimo indicio de la inevitable rendición, pues era únicamente cuestión de tiempo que se rindiera, para acabar arrojada en el infierno sin la más mínima esperanza de salvación.

Así fue como Satanás me reveló el secreto de su éxito: el dolor continuo, la tortura ininterrumpida del alma es lo que rompe al espíritu más puro transformándolo en maldad. No me costó identificar los medios que aquellos instrumentos medievales que como símbolo me había mostrado, representaban: la soledad, el miedo, la falta de amor y su hermano el odio eran las armas que en el mundo utilizaba para corromper a la bondad, para destruir la pureza que instintivamente anida en todo corazón humano. Nadie me ha explicado aún cómo evitarlo, pero quizá la respuesta esté en la propia revelación. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Nada sabe tan raro como la luna

Nada sabe tan raro como la luna. Eso me dijo ella, la mujer de largos cabellos negros. Yo, claro, no lo entendí. Era una persona extraña, de esas que no sabes si son sabios o es que están locos. A mí me pareció que su parte de razón llevaba. Nada sabe tan raro como la luna. Seguro que no.
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Me habían contado que esa mujer tenía una historia dura, pero que no se sabía si era verdad. Viéndola, nadie lo diría; semeja la paz personificada. Se viste de negro y largo, como esos que llaman góticos, y la melena lisa hasta la cintura con su piel tan blanca le da un aire como de aparecida, de resucitada y vuelta a enterrar. Mucho misterio para mi gusto.
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Yo, que he sido siempre una chica sencilla y sin muchas ganas de saber del prójimo, no tengo interés en la vida de esa señora. Me basta con amargarme la mía mientras muevo la fregona como si fuera un arma, la que ha matado todos mis sueños. Antes quería ser bailarina, pero mi padre, un bruto como todos los de su pueblo, dijo que eso era peor que ser puta, y me lo prohibió. Cuando quise escaparme me rompió un tobillo adrede y ahora camino raro, como el sabor de esa luna que la dueña de la casa dice conocer tan bien.
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A mí me contrató de interna, lo que me vino estupendo porque no tenía dónde ir y ni muerta me hubiera vuelto a la casa de mi padre. Dicen las malas lenguas que sufre de mal de amores, y que por eso viste de negro. Que su amante de ojos oscuros se fue con otra después de preñarla y que ella, del disgusto, perdió el bebé y que por eso, desde entonces, va de luto, pero yo no me creo nada. Seguro que es todo mentira; por eso a las malas lenguas las llaman malas.
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Sí que está triste, a veces. Pero yo no le pregunto, y ella no dice nada. En su mesilla hay una foto de un hombre, lo que pasa es que no se le ve el color de los ojos porque está en blanco y negro. El hombre está solo, así que lo mismo puede ser su padre, o su hermano. Aunque la verdad es que no se parece a ella. Bueno, también puede ser un primo. Ya se sabe que entre primos el parecido no es tan cercano.
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Una vez recibió un sobre que no esperaba. Lo sé porque cuando le llegó, se quedó mirando el remite con los ojos muy abiertos, como si hubiera visto un fantasma, y estuvo así mucho tiempo. Luego se echó a llorar. Cuando se le pasó la impresión, leyó la carta. No debía de ser muy larga, porque terminó en seguida y empezó otra vez a llorar. Yo pasaba la fregona en un rincón y no sabía qué decirle. Se quedó como ida, mirando el papel con los ojos perdidos y acariciándolo con los dedos. Hasta una bruta como yo sabe que eso sólo se hace cuando se quiere mucho.
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- ¿Se encuentra bien, señora? - me atreví a preguntar.
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Pegó un respingo. No se había dado cuenta de que yo estaba. Movió la cabeza para decir que sí.
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- Si quiere, le puedo llevar la contestación al pueblo. Esta misma tarde se la llevará el correo.
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Ella miró la carta y luego me miró a mí. Movió la cabeza para decir que no.
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- Pero está usted tan triste, señora...
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Hasta a mí me sorprendió meterme en lo que no me importaba. Y es que las lágrimas le volvían a rodar como canicas por la cara, y una tampoco es de piedra. Ella se levantó del sofá donde estaba sentada y se me acercó un poco y vi que era más joven de lo que decían, y que sufría más de lo que decían también. Entonces cerró los ojos y le dio un beso a su carta.
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- Nada sabe tan raro como la luna - suspiró.
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Y yo, que sigo sin entender nada, digo que algo de verdad habrá.

domingo, 16 de febrero de 2014

Cádiz





Cuando te sientes herida por palabras extranjeras
y recuerdas con nostalgia cómo fuiste venerada,
cuando ves que el tiempo infame, sin respeto hacia tus canas,
tus edificios derruye, ensombreciendo tu cara;
como una reina ofendida, majestuosa, indolente,
muestras a todo el mundo que el lugar donde te yergues
y que no dejaste libre ni para un emperador,
nunca habrás de abandonarlo, suceda lo que suceda,
porque tienes algo eterno: de tus hijos, el amor.
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© Fortuna Lago.  1987.

Azul





En el azul mar de tus ojos 
navego, a ninguna parte.
Mi alma, que el agua mira,
se pierde en la inmensidad 
de ese azul tan hondo y puro,
tan transparente y sincero,
que hace que el marinero 
sólo anhele naufragar
para poder confundirse 
con esas preciosas piedras,
azules perlas que forman
la belleza de tu mar.
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© Fortuna Lago.  1987.


miércoles, 29 de enero de 2014

Un paseo por la lluvia

Llovía. Frente a ella, la carretera gris se extendía vacía por entre las casas de jardines descuidados, con olor a tierra mojada y piscinas de agua verde llenas de hojas. Algunos de sus amigos estarían en los salones de esas casas, escuchando los entonces no tan viejos discos de vinilo, o quizá viendo la tele. Desde la carretera, se extendía una inmensa naturaleza que bajaba hasta el lago, para volver a subir hasta el horizonte, donde vehículos del tamaño de una hormiga cruzaban la carretera de La Coruña a toda velocidad. 
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Le encantaba esa carretera y le encantaba la vista pero, sobre todo, le encantaba el lugar. Entonces no sabía que siempre lo llevaría en el corazón, ni que ese paseo en solitario, con el frío, la lluvia y un paraguas abierto sobre su cabeza sería uno de los recuerdos que la acompañaría para siempre. Tampoco que alguna vez tendría que abandonarlo de forma tan imprevista, ni que durante muchos años la casa familiar aparecería en sus sueños, siempre abandonada, medio derruida, y siempre con esa angustia de pérdida inminente. En sus sueños, recorrería la casa, se aferraría al jardín, buscaría la forma de mantenerla, conservarla, aunque fuera en ruinas, pero siendo suya, su casa de la infancia, siempre suya. Ni que veinte años más tarde, aún no habría dejado de soñar.
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Aquella carretera guardaba muchos secretos. Era la que recorría para ir a bañarse a casa de sus amigos en verano, o la que cruzaba de pasajera en la vespino cuando iban al pueblo, o por la que paseaba en días grises y lluviosos como aquel, cuando le apetecía estar sola y en contacto con ese paisaje que adoraba, lleno de encinas, matojos y rocas planas incrustadas en la tierra y cubiertas parcialmente de musgo. También aquella por la que lloró con su primer desamor de adolescente, un pipiolo imberbe de catorce años del que, dos décadas después, seguiría siendo amiga. Una carretera vieja, solitaria, llena de aire puro y vacía de coches. Su carretera.
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Alguna gente se quedó por el camino, atrapada al otro lado de un muro o mejor dicho, nunca supo salir de lo que ya entonces se gestaba; rupturas familiares, pérdidas económicas, una larga cuesta por la que muy, muy lentamente, de forma casi imperceptible, la familia comenzaba a descender. De ese momento, de esas pisadas con la vista en el horizonte, las gotas cayendo sobre el paraguas y el aire prístino acariciándole el rostro, conservaba la intensa sensación de tener toda la vida por delante, de una juventud insultante, valiosísima y sobre todo, inadvertida. Y el misterio latiendo en su corazón, ¿qué será de mi vida? ¿qué me espera?
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Muchos años después, al recordar ese precioso instante, advirtió lo mucho que entonces le quedaba por pasar, y cuán ignorante había permanecido del futuro que el destino, o lo hados, o la cruel casualidad sin causa ni sentido, le tenía preparado. No supo si era mejor no saberlo, pero ahora sabía que quizá fuera mejor contarlo, contar cómo ese día precioso se le quedó grabado en el alma como el recuerdo de lo que siempre debió ser, un paseo por su casa.
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Dedicated to the moon.

miércoles, 22 de enero de 2014

Mary D.

- No quiero que me afecte.
- Pero lo hace.
Mary D. echó la cabeza hacia atrás, expulsando el humo largamente, hasta que no quedó una brizna en sus pulmones.
- Me he vuelto loca, Mary.
- No te has vuelto loca. Eres un ser humano, eso es todo.
Mary D. siempre veía las cosas desde un punto de vista práctico. No se rasgaba las vestiduras ni hacia aspavientos, como el resto de las mujeres de la familia. Quizá por eso se identificara tanto con ella.
- Sí que me he vuelto loca, Mary. Esto no es propio de mí.
- Como quieras - Mary se encogió de hombros - Si estás más contenta así...
Matilde torció los labios con un gesto de enfado, el  mismo que solía  poner cuando era una niña y Mary D. tranquilamente negaba con la cabeza ante sus rabietas. A diferencia de entonces, ahora no dijo nada. Mary D. era de las que cogía el toro por los cuernos, llamaba pan al pan y al vino, vino, y estaba convencida de que cada uno es libre de cualquier elección, siempre que después no se arrugue a la hora de recibir las consecuencias.
- Así que has decidido saltar - dijo, dando otra calada al cigarrillo.
- No he dicho eso. 
¿Por qué eres tan dura, Mary D.? - pensó Matilde. Te sientas ahí delante, chupando un tabaco asqueroso, mirándome con aire de suficiencia, doblando el cuello hacia atrás mientras me lanzas sobre la cara el humo pútrido de tus pulmones. Y yo te miro y no sólo eso, te escucho y te pido un consejo que no me das, dejo que adivines lo que ni siquiera te he contado, como si pudieras leer en mi alma, pero nadie puede. Lo de que sólo soy un ser humano no es más que una frase barata. Bécquer se avergonzaría de ti.
- No he decidido saltar. No he decidido nada. Simplemente me he dejado llevar por el corazón.
- Ese es precisamente el problema. 
Silencio.
Tenía razón.
Ese era precisamente el problema.
Estábamos en una casa de madera, sin muebles, ni alfombras, ni cuadros en la pared, ni nada excepto una mesa redonda y las dos sillas en las que nos sentábamos. La luz entraba oblícua por la ventana y me acariciaba los pies, dándome calor. Algo en mi corazón se agitaba. Era lo que estaba ocurriendo y todo lo que representaba: una sonrisa, una palabra afectuosa, un tacto cálido, confianza, tesón, sorpresa, agrado. Con todo lo que ello conllevaba.
- No he decidido saltar.
Y entonces lo supo. Mary D. era esa parte de su yo que había dejado de lado cuando aquello había empezado a agitarse en su corazón. Mary D. la recta, la intransigente, la intolerante, la perfectita, la odiosa Mary D. que alguien le había impuesto como una parte de su persona que no le pertenecía. Mary D. que le susurraba al oído una y mil veces "debes, debes, debes, debes..." hasta que le chirriaban los dientes de tanto apretarlos. Mary D., que fingía entenderla mientras la regaba con su frialdad. 
- Yo te he salvado. Te he salvado tantas veces que no puedes permitir que me vaya.
Yo te he salvado. Valiente frase. Yo te he salvado del miedo, del abismo, de la pérdida, pero no me has salvado de la muerte en vida, no me has salvado los sueños, no has salvado mi precioso tiempo, ese cuyas gotas doradas caen una detrás de otra por el desagüe de Nunca Jamás. Y sobre todo, no me has salvado de ti.
Saltar, ¿qué es, saltar? ¿qué es saltar, Mary D.? Dímelo tú porque yo no lo sé. Dime qué es saltar para que pueda entenderlo, para que pueda saber de qué estamos hablando. ¿Es saltar desde un globo, es saltar a la corriente de un río? ¿Es saltar a la comba o saltar al interior de un tanque o tirarse por un precipicio?
Y yo pregunto, Mary D., ¿tan segura estás de que sin ti no podré hacerlo?

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